
Cada artista dominicano se muere con su generación, me dijo el otro día José Antonio Rodríguez amargado por la dramática realidad de un fenómeno que parece haberse convertido en un cáncer invasivo: la payola.
Para que se tenga una idea, el propio Cholo Brenes ha dicho que para colocar un disco en la radio nacional y que suene, se necesitan 350 mil pesos cada mes. Quizás esa sea una de las causas por las cuales el ritmo nacional: el merengue, ande de capa caída. Quizás por eso el merengue urbano ha copado las ondas hertzianas y el gusto más fofo de la sociedad dominicana. Claro que esos poderes que se mueven de manera imperceptible detrás de ese tipo de música que -insisto, es una crónica de lo que sucede en los barrios del país- es el único que posiblemente tenga capacidad financiera para poder sostener los bolsillos de los payoleros.
Las payolas tienen nombres y apellidos. Y hasta número de cédula. ¿Quiénes las cobran? Los diskjokers, los productores de programas, a veces hasta los propios programadores de las emisoras y, según cuentan, hasta uno que otro director de emisora radial.
Una de las razones por las que la payola existe, en esencia, es porque los dueños de emisoras no le pagan a los locutores-diskjokers y demás artefactos el salario que posiblemente se merezcan o al que ellos aspiren; también porque ellos no son lo suficientemente rectos con sus empleados. Conozco a un director de emisora que no permite que en su emisora se cobre payola. Ahora bien, paga bien a sus empleados, y si ve que algo marcha de manera no normal, enseguida lo saca.
Por otra parte, es imprescindible que el estado dominicano tome cartas en el asunto. Además de lo inmoral que es la payola, está el tema cultural. Los daños que posiblemente la payola haya hecho a la cultura dominicana, son incalculables. Entre otras acciones hace falta una industria musical estatal, que sea capaz de, además de aportar en la promoción de los verdaderos valores culturales del país, pueda aportar al Producto Interno Bruto, lo cual es perfectamente posible en un país autosuficiente hablando musicalmente. ¿Y qué será de la 'contrapayola'?
De Alfonso Quiñones